domingo, 2 de diciembre de 2012
Vacuidad.
Triste vacuidad que quema
que derrite mis días y se diluye en la ansiedad
arde en el pecho y sale por la garganta en forma de sollozo
incinera los vestigios de tu mirada ausente.
Triste vacuidad que susurra
que al oido me dice no vuelves más
arrulla mis noches de insomnio
mientras el tren de las tres de la mañana rompe con el letargo.
Triste vacuidad que enfría
que congela de raíz la profundidad de cualquier sentimiento
sopla a través de las ventilas del pecho
cruel y calculadora vacuidad que escarcha el tacto de tus manos.
Triste vacuidad que llora
que las lágrimas erosionan la tierra
y buscan desesperadas la salida al mar
y los atardeceres de julio que te llevaste bajo el brazo.
Triste vacuidad que fastidia
que el chasquido de mis dientes amenaza
correr cinco kilómetros no es suficiente
que se devora la vida, y se almacena y no cede.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Quédate
Ácida carga del pasado
que con nuevas ternuras
quitas de mi pecho abobiado
mientras sincero cariño procuras.
Feroces y dulces palabras,
alcalina complicidad,
en esta aventura llamada causalidad
me llevo tu sentencia a cuestas.
Azul es tu mirada
retorcidos tus cabellos
tu mentalidad inexplorada,
y tu imaginación un rascacielos.
Emociones rojas y naranjas,
que como en una fotografía
se quedan inhertes mientras despojas
a la mente de razones, ¡vaya ironía!
miércoles, 18 de agosto de 2010
Miguel

El estruendo de la pistola es el comienzo del fin de una vida vivida entre el olor a pasto y tierra mojada bajo los cielos anaranjados de Agualeguas sin tiempo. En ese momento quizá recordaste tu infancia entre veranos soleados y cálidos que transcurrían entre el sonido de cencerros que marcaban las jornadas, siempre iguales y apenas distinguibles por el paso de las estaciones.
Avanza la muerte de forma inevitable a tus espaldas, mientras tu distraído estás, quízás enojado, quizás indifernte, Miguel. Mientras tus manos, rasposas de tanto pizcar sandías y algodón, de tanto descremar leche y de tanto curtir pieles sostienen quién sabe qué. Un estruendo que poco a poco obscurece el día de verano, que espanta a las palomas de la plaza y hace llorar a un niño que está con su madre en la esquina.
La muerte llega, nunca tarde, llega la muerte. La sangre se derrama sobre el asfalto, gotitas de sangre que tiñen las piedras, gotitas de sangre, de mi sangre, que se confunden con el escorial de la calle principal. Gotitas de sangre que el viento lame de tu herida y poco a poco se hacen goterones y luego chorros que mojan los tejidos de tu ropa que hacen que tu cabeza pese de tal forma que hay que acostare.
Hay que acostarse a esperar, esperar el pase del sublingual que te lleva, a esperar las lágrimas vertidas en miles de servilletas y pañuelos desechables a través de décadas y décadas de tu ausencia. Ahí estás, acariciado por la brisa de la canicular noche. Te vas Miguel, para ya no regresar, cierras tus ojos en medio del debut de miles de llantos que te añoran en las noches obscuras, bajo el cielo iluminado por la luna llena de Agualeguas sin tiempo.
Ilustración de Chuck Girald.
viernes, 2 de julio de 2010
Convergencia

domingo, 4 de abril de 2010
Rapiña

Retumba tu mente en medio de las cenizas de lo que antes parecía inquebrantable. Tus agudos oídos escuchan los alaridos violentos de aquellos que día con día surgen inhertes en medio de la mugre y la basura de las calles, tiñendo de rojo el asfalto y el hormigón mismo de la indiferencia.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Sueñan

jueves, 11 de febrero de 2010
Pedro

El recuerdo mismo de tantos ayeres nubla la visión del presente. La memoria de tu madre, protectora y fuerte te persigue aún hoy en tus días longevos. El recuerdo de tu padre, a veces indiferente, otras duro y otras más cariñoso, de quien heredaste esa característica dualidad que distingue tu trato.
Es normal que las lágrimas salgan al recordar días pasados, al recordar a tu Rosalba con su bullicio y movimiento, y al recordar aquél Torreón pueblerino e insipiente donde naciste. Es también normal que tus rodillas ya no sean las mismas, que otrora podían soportar el más arduo desgaste, hoy parecen no soportar siquiera unos cuantos pasos.
Te gusta estar dentro de tu coraza de firmeza y disciplina, pero los años te han caído de sorpresa, cuarteando cada una de tus fortalezas y dejando ver la sensibilidad y nobleza de tu ser. Eres un roble, Pedro, firme ante los embates del viento y dispuesto siempre a crecer más, anclado en tus fuertes y nutridas raíces.
Ojalá no tuvieras que irte nunca, Pedro, ojalá te pudieras quedar sin el estupor mismo que te causa el presente. Ojalá pudiéramos pasear juntos en el anaranjado atardecer de verano y comer juntos irónica azúcar sobre pan y hojuelas. Sin embargo, entiendo tus tiempos y tus razones, que no dependen de tí sino del destino, pero quiero que sepas, Pedro, que soy parte de tí y tu de mi aunque seamos tan distintos.
